miércoles, febrero 10, 2016

Reseña: Star Wars, el Despertar de la Fuerza

En una ocasión leí un comentario sobre Conan (la de Chuache) que decía que se trataba de una mala película sobre Conan pero una magnífica película sobre la Era Hiboria.
Me parecieron unas palabras muy acertadas, y creo que en el caso del episodio VII de Star Wars pueden aplicarse con igual validez: una buena película sobre el universo Star Wars pero un mal episodio de la saga galáctica.

Los perpetradores
Al ser un producto de productores (valga la cacofonía) es un poco difícil repartir culpas y méritos; no es ni de lejos un producto de autor y el estudio corta y pincha a su gusto.
Sobre J.J. he de decir que no es santo de mi devoción. Sus productos televisivos me parecen una estafa, malos o carentes de interés, según cada cual y cómo tenga el día. Quizás salvaría Almost Human, pero ahí solo era productor ejecutivo.
De sus trabajos cinematográficos tengo una opinión similar, aunque he de reconocer que su Star Trek de 2009 sí me gustó (no tanto la siguiente entrega que me resultó menos fresca).
Así que no compartía el entusiasmo de muchos cuando se anunció que Abrams dirigiría el Episodio VII.

De Disney solo puedo esperar que la saga se convierta en un producto aun más explotado comercialmente. Si a Lucas se le ha criticado siempre su entusiasmo por vendernos muñequitos espero que no juzguemos más levemente a Disney. En este caso sí tenía un poco más claro por donde podían ir los tiros teniendo tan presentes sus productos Marvel: diversión de consumo. No es algo que sea necesariamente malo, pero tendremos que asumir que toda la mística de Star Wars va a perderse.
El anuncio de que el anterior canon del universo expandido sería sacrificado tampoco era algo de buen agüero (esto no va de dar rienda suelta a la libertad creativa, si no a un "vamos a hacer lo que nos de la gana/venda chorradas").
De las cosas que me pillaron cerca lo que más me jodió fue la cancelación de Attack Squadrons y The Clone Wars.

La película
Y entrando en El Despertar de la Fuerza...
Diría que es la película más cobarde que he visto en mi vida. No han tenido las agallas suficientes para hacer un remake/reboot porque estaban cagados ante la perspectiva de que los fans se los comieran vivos, así que han perpetrado un producto recocinado que tienen la desfachatez de vender como lleno de guiños a las películas clásicas.
Guiños es que los personajes digan "tengo un mal presentimiento sobre esto". Lo que Abrams y Disney hacen es pintar encima del dibujo de Lucas. Y lo de la tercera Estrella de la Muerte ya es un auténtico cachondeo para que los aficionados hagan más chistes.
El Despertar de la Fuerza es muchas luces, acción y gente corriendo. Cosas que ya hemos visto y montones de "cuenta cómo" por todas partes. Dos horas de entretenimiento vacío que conforman lo que sería una interesante película enmarcada en el universo Star Wars pero un pésimo Episodio de la saga galáctica.

En el capítulo de los créditos hay que reconocer que los combates entre cazas y con el Halcón Milenario están muy bien y que los actores han sorprendido para bien. Sobre todo Boyega, al que recordaba de la divertida Attack the Block, pero que me despertaba mucha inquietud en los trailers.


Saliendo del armario
Me gustan las precuelas.
Tal vez el Episodio I no. Nadie soporta a Jar Jar. Ni al niño. Y Anakin de adulto tampoco es que sea una maravilla. La dirección de actores es decididamente mala...
Pero a pesar de todo eso las precuelas cuentan algo nuevo. Sacan a la luz los orígenes de la familia Skywalker. Han dado forma a la República de la que habíamos oído hablar. Hay nuevas razas. Nuevos diseños de personajes (los droides "básicos" me gustaron desde el primer momento ¡roger! y los soldados clon son la caña). Además nos fueron enseñando la galaxia, con planetas espectaculares como Kamino, Naboo o Felucia (nada de un Jakku que "cuenta cómo" Tatooine  o una capital genérica que "cuenta cómo" Coruscant).
Pueden ser películas mejores o peores, pero tras ellas había ganas, imaginación y el deseo de contar una historia.
Además me gusta mucho su trama política. Sé que no es algo que agrade a todos los aficionados, pero personalmente no me merece mucho interés las opiniones de quienes consideran que "el politiqueo que metió Lucas en las precuelas es un rollo". Además del morbo de qué decía y qué estaba pasando durante los años en los que se estrenaron las precuelas.

Además nos dieron la serie The Clone Wars de la que diré sin el menor sonrojo que, probablemente, sea el mejor producto Star Wars. Un trabajo inconmensurable, respetuoso, de imaginación desbordante e impresionante calidad técnica. Una serie que fue creciendo desde unas tramas más infantiles a unos puntos de profundidad impensables para una serie de animación. Compleja, llena de matices, imprevisible... Y que Disney liquidó cuando estaba alcanzando su mayor nivel de excelencia.


Lo que yo habría hecho
J.J. Abrams es un estupendo exponente de la contemporaneidad: banalidad endiosada. Un producto Apple. Un reluciendo embalaje sin nada dentro.
Y sus productos son exactamente tal como es él.
Personalmente habría entregado el destino del Episodio VII y siguientes (y de forma indefinida si lo desearan) a Dave Filoni en el guión y a Kevin Smith en la dirección. Y no me pienso sonrojar: ahí lo he dicho y ahí queda.

miércoles, febrero 03, 2016

Nemus: El héroe comienza su viaje

El ritmo de los tambores aumentaba en una espiral inabarcable. Entonces aspiró. Y el humo pareció entrar por sus fosas nasales, bajar por su traquea, buscar en sus pulmones como dedos fantasmales. Y después oscuridad.

Pero la oscuridad se movía. No podía decir cómo ni por qué. Pero se movía. O tal vez era él, desplazándose a través de la oscuridad. De alguna forma sintió que doblaba un recodo y la luz apareció como un punto distante. Entonces sí: avanzó. Corriendo con un ansia agobiante. La luz iba inundando aquel túnel hasta que salió de él y lo saturó todo.
Lo oyó antes de verlo, empachado como estaba de luz. Un aleteo acompasado, como si se moviese muy lentamente. El águila descendía sobre él. Él -ahora se veía-, una musaraña insignificante. Las garras se clavaron en su carne, atravesándolas como había visto a los hombres atravesados en el campo de batalla. Gritó. Y su grito fue el graznido del águila.

Era el águila. Sin saber por que era el águila. A cada batir de alas estaba más y más alto. El sol pasó sobre él, tan cerca que parecía que abrasaría sus plumas. El aire lo sostenía, como si empujase su cuerpo. El aire que lo rodeaba era gélido, pero cada soplo que entraba en su boca era cálido como la sopa.
Entonces miró hacia abajo. Había un bosque inmenso que todo lo ocupaba. Pero cuando se fijó vio que en realidad solo había un árbol. Un árbol inmenso que estaba en todas partes. El árbol hundía sus raíces en el mundo y, al mismo tiempo, lo sostenía en sus ramas. Quiso tocar el árbol, sentir su corteza, cobijarse bajo su copa. Y al acercarse vio frutos rojos y jugosos, y quiso saciarse de ellos.

Pero de pronto el árbol no estaba allí. O seguía allí, muy al fondo en el paisaje. Bajo él se extendía ahora un río muy extenso. No, no era un río. No eran meandros; se movía. Era la cola de una enorme criatura. Como una serpiente enroscada a un árbol, giraba y giraba. Allí estaba de nuevo el árbol.
Cuando ya estaba perdiéndose en ese movimiento sin fin vio la cabeza de la criatura. No una cabeza de serpiente, si no de un dragón de largos cuernos. Veía solo uno de sus ojos, y la sierpe le vio a él.
Y le sonrió.

Dudando de lo que había visto quiso acercarse, pero la sierpe ya no estaba allí. Tampoco estaba el árbol. O tal vez sí, de nuevo al fondo. Pero también detrás, y a sus lados.
Volaba ahora sobre una gran llanura. Había campos que se extendían hasta el horizonte. Campos de labranza rebosantes de trigo dorado que brillaban con el sol. Pero nadie lo recogía. Siguió los caminos y llegó a grandes ciudades. Una de ellas era del mármol más blanco. Blanco como si alguien lo limpiara a cada hora. Blanco como si nadie lo hubiera pisado jamás.
Después vio otra ciudad también de mármol. Pero este estaba sucio. Cubierto de musgo y verdín. Y había extensas enredaderas que se enroscaban a cada una de las columnas. Tampoco había hombres en ella, pero sí animales. Vio zorros y tejones. Y su voz graznó. El sonido llenó el cielo y se derramó sobre la tierra. Y cuando aquellos animales lo oyeron corrieron a esconderse bajos los aleros, en las despensas, entando en las alacenas y derramando las conservas para el invierno.
Vio ciudades con tejados de tejas rojas. Vio ciudades con techados de paja. Vio ciudades de madera entre ciudades de piedra.


Cuando hubo pasado la última ciudad se encontró sobrevolando el mar. El mar. De un color cambiante entre azul, verde y gris. Se agitaba como si lo azotase una gran tormenta, pero el día era apacible y el viento no soplaba.
Sintió agua en su espalda. Agua que caía, pero no como lluvia. Volvió la mirada y se encontró de nuevo a la gran sierpe. La sierpe era del mismo color del mar. De los mismos colores, y como ellos cambiaba. La sierpe le sonrió otra vez y se encontró a sí mismo devolviendo la sonrisa. Pero no la estaba devolviendo, porque ahora era la sierpe. Y riendo, como henchido de un júbilo inexplicable se zambulló en el mar. Las corrientes le acariciaron. Giró y giró. Se enroscó en las montañas del mar, rascó su lomo con las islas. Sintió cosquillas. Burbujas surgían del fondo del mar formando fumarolas. Y en torno a ellas crustáceos de caparazones iridiscentes bailando en una coreografía sin música. Sintió hambre y se sació de ellos. Pero siguió descendiendo. Hundiéndose en la tierra y dejando atrás el océano.
Hasta que vio un punto de luz en la lejanía, y cuando llegó a él era otra vez la musaraña. Era también el árbol. Era la piedra quemada. Un lobo entre zorros y tejones. Rió entonces con sonrisa lobuna y se arrancó uno de los frutos y lo comió hasta que su hambre quedó saciada. Busco una sala donde un fuego ardía y se tumbó a su lado. Y durmió y durmió hasta que oyó una voz que le llamaba y una música lejana.

Sobre él un rostro que lo miraba. Él reía, porque había entendido el chiste del lobo. Pero aquel joven no lo había oído. Pedía que se lo explicara.
- ¿Qué has visto? -preguntó con una voz en la que la emoción y la incertidumbre parecían mezclarse- ¿Qué significan esas visiones?
- ¿Qué son para ti las montañas? -respondió entre risas y toses- ¡Qué lugar tan indigno de ti! Ve y coge al mundo por el cuello. Y exígele que te de lo que te corresponde.

Siguió preguntándole. Le agarró de sus vestiduras de pieles y lo agitó. Pero el viejo reía y reía ajeno a todo. Se separó de él. El intenso olor del humo le hacía sentirse mareado.
Salió a la boca de la cueva y miró el paisaje que se extendía ante él: montañas y más montañas en todas las direcciones. Le había costado un cordero y una buena cantidad de monedas, pero no había entendido nada. Se encogió de hombros, recogió su petate, puso la espada envainada a su espalda y, saliendo de aquella gruta decorada con inquietantes pinturas de glasto, se entregó a los caminos del mundo.

miércoles, enero 20, 2016

Tirano, gran novela de ficción histórica

Es un poco difícil clasificar esta novela. No es realmente una novela histórica, ya que no está narrando un hecho histórico. Tampoco es una ucronía, porque estrictamente no está narrando algo fuera de lugar.
Tirano juega a fabular un relato en los márgenes de una gran obra conocida por todos: las conquistas de Alejandro.

Cuando Alejandro licencia a los aliados griegos Kineas, oficial de caballería ateniense, regresa con un grupo de amigos a su ciudad para descubrir que ha sido desterrado por servir junto al rey que derrotara a su polis en Queronea.
De forma aparentemente providencial encuentra una salida profesional al recibir una oferta para trabajar como mercenario e instructor de caballería para el tirano de Olbia. Tras un viaje accidentado en que, también de un modo presuntamente circunstancial, se le une un peculiar espartano, llega a la colonia de Euxino. Allí encontrará un clima político agitado, en el que dos facciones de nobles tienen que lidiar con un tirano imprevisible que vive en un estado de permanente desconfianza.
Mientras tanto Antípatro, gobernador de Macedonia en ausencia de Alejandro, recibe la orden de enviar más falangitas y auxiliares (mayormente tracios) a Persia para continuar la campaña. Antípatro se encuentra con que el oro de las conquistas no ha llegado a Macedonia y necesita efectivo para reclutar y contratar hombres, por lo que decide mandar a uno de sus generales para que las colonias del Mar Negro y los escitas se avengan a pagarles tributo.
En estas peligrosas circunstancias, y en la cuerda floja por la tensión política en Olbia, Kineas ha de entrenar a los hombres de la polis y buscar alianzas con Penticapaeum y -sobre todo- con los clanes escitas.

El autor recurre a esta argucia para relatar un hecho que no sucedió, pero que podría haber sido plausible. En cierto modo es una obra de fantasía en un contexto histórico real. Con todos los elementos y fidelidad histórica que podría pedirse a la novela más documentada, pero con una libertad casi total al ubicar la acción en -como decía- una de las esquinas del gran mapa de los hechos históricos reales.
No es solo un recurso ingenioso, si no que también huye de los relatos más trillados (hay innumerables novelas sobre Alejandro) y centra su atención en una región fascinante que ha sido a penas tratada tanto en novela como en ensayo.

A pesar de que la calificación de novela bélica sea lo primero que destacaríamos si tuviésemos que hablar del tema en general hay muchos otros aspectos brillantemente tratados en esta obra.
Sí, desde luego hay batallas. Y muy bien narradas. Quien quiera acción la va a encontrar a raudales. Va a ver hoplitas, falanges de piqueros, jinetes escitas, catafractos sármatas, escaramuzas, grandes batallas... En ese aspecto es un libro lleno de acción.
Quien quiera quedarse en ese plano será satisfecho. Pero me ha llamado mucho la atención el intenso cuidado con que el autor se acerca al mundo real de la época. Los personajes no piensan como héroes de acción de película, si no como griegos de su siglo; su forma de ver el mundo, sus creencias, su ética... Tenemos a nuestros protagonistas disfrutando de cenas con simposios, enfrentando a los jóvenes que vibran con la Ilíada con los veteranos que han vivido la guerra de cerca. Incluso detalles que no todo el mundo conoce, como que en el ideal de belleza griego no entraba que las mujeres de depilasen el entrecejo. También el tema de la homosexualidad -y todo el trajín por los efebos- está tratado con sutileza, pero de forma constante.
Me ha gustado mucho en ese sentido: no deja de ser una novela divertida y con mucha acción, pero está fabulosamente documentada y su recreación de la realidad histórica está ejecutada de una forma encomiable. Y no habría que dejar de mencionar multitud de guiños que los lectores con ciertos conocimientos en la materia sabrán apreciar con una sonrisa ("...y ya viste a los sármatas: son como hornos de ladrillos a lomos de sus caballos.")

Tal vez el lector "casual" encuentre un tanto tediosos los momentos de tertulia sobre filosofía y ética, pero en ellos hay escenas tan memorables como las mismas batallas.
-¡Si tanto la odias (la guerra), no es preciso que luches!
Philokles sacudió la cabeza. La luz del fuego le transfiguraba el rostro; el cuerpo era rojo y dorado, pero la cara tenía huecos negros en vez de ojos, y su sonrisa erizó el pelo del cogote de Kineas.
-¿Odiarla? -dijo a través de su sonrisa-. ¿Odiarla? La amo como un borracho ama el vino, e igual que el borracho, parloteo acerca de ella cuando estoy sobrio.

Tirano es el primer volumen de una serie de seis. Esperé a tener todos los ejemplares antes de ponerme con ella, pero he descubierto que tienen cierta independencia, agrupándose los libros en tres pares con tres tramas consecutivas pero independientes, cada una de ellas con sus propios protagonistas y en una de las regiones del mundo helenístico, sucediendo las dos primeras durante la vida de Alejandro y las cuatro últimas durante las guerras de los diádocos. Así que la cosa promete. Y más cuando las críticas apuntan que la calidad va in crescendo.
Espero que también mejore la traducción, buena en general, pero con algunos deslices peculiares, como la expresión "no es precisamente tu fan" (me dejó fuera de juego), o "piquete" como piquero (de traca).
Con todo me ha parecido un libro muy recomendable. Tanto para el que quiera una novela de acción y aventuras, como para quien sea exigente con el rigor y la ambientación histórica.

Por cierto, reseñé otro libro del autor aquí. También muy bueno.

miércoles, enero 13, 2016

Nemus: notas de diseño Atrebatia

Como me ha sucedido con el Antiguo Imperio también el texto de Atrebatia se me ha ido un poco de las manos. No tanto, pero sí a lo largo de dos entregas (tres con la presente). He preferido cortarlo que publicar un ladrillo enorme.

La inspiración
No es ningún secreto que todo lo que gira en torno al ciclo artúrico me mola mucho. Como sucede que el "momento temporal" de Nemus podría establecer ciertos paralelismos con nuestros siglos IV-X algo estaba pidiendo a gritos que esta parte de nuestra mitología se filtrase a Nemus.

No se trata de un "cuenta como", ya que hay muchas líneas que se han entrecruzado o que no tienen paralelismo. Aun así, los que compartáis estos intereses, posiblemente podáis discernir cierto olor tanto al propio Arturo como a Ambrosius Aurelianus, Vortigern, Merlín, Igraine y algún otro personaje relacionado como Riothamus.

La geografía
Pese aunque pudiera parecer que lo pedía a gritos Atrebatia no es una isla. Aun así es un territorio bastante aislado, con el río Lundum como única frontera caliente con Marcemania.
Estuve dando vueltas al nombre. Como puede que apreciéis en muchos lugares de Nemus hay nombres que sugieren lugares de nuestro propio mundo e historia; algo que no he inventado yo precisamente. En el caso de Atrebatia el nombre está inspirado por una de las tribus britanas originales.

El paisaje de Atrebatia es una especie de Britania idealizada. Si pensásemos en una fotografía concreta posiblemente estuviésemos viendo algún lugar de Dartmoor. Pero además de páramos también tendríamos colinas, riachuelos y campos de cultivo. También unos cuantos bosques primigenios cargados de leyendas; que mencione el Bosque Peligroso no es un casual.
Todos estos textos sobre Nemus están ilustrados con el mapa general del mundo que hice y que voy poblando, pero una publicación más detallada debería venir acompañada de mapas más detallados. Ahí ya podríamos entrar a señalar los reinos menores, accidentes geográficos, bosques y ríos. Así como otras ciudades. En el que nos ocupa solo podéis ver Dunned, que podríamos visualizar como un equivalente a Tintagel; la puerta de entrada comercial a Atrebatia.
Indudablemente también habría otros lugares de interés, como un émulo de Viroconium/Wroxeter/Camelot (vamos, como León en Hispania).

Politiqueo
Ya vais viendo que en Nemus intento huir de las causas y explicaciones sobrenaturales. Evidentemente hay lugar para la fantasía porque, a fin de cuentas, es un mundo en el que puedes encontrarte trolls o dragones por ahí. Pero para la configuración social de cada una de las culturas he intentado colocar la mayor parte del peso en elementos humanos.
Atrebatia -como sucediese con Britania- fue un territorio del Antiguo Imperio que quedó bastante marcado por sus rasgos culturales. Debido a su aislamiento (era un territorio imperial más allá de Marcemania, que no lo era) y su lejanía del Imperio, quedó abandonada a su suerte durante el periodo de crisis e invasiones. A pesar de la retirada y, como decimos, a causa de su aislamiento, el legado cultural imperial siguió presente.

La línea continua de la administración imperial (ahora autogestionada e independiente) está representada en la figura del gobernador. Este, al no estar respaldado por un ejército regular, va viendo como su poder real va diluyéndose, quedando reducido a un cargo que proporciona poco más que un estatus social y el dominio del territorio más próximo a su sede.
Para evitar este declive vemos como Aurius se esfuerza en crear una fuerza militar regular según el legado imperial. Aunque su sucesor recuperaría la caballería catafracta imperial, Aurius se afana en armar y adiestrar al círculo de nobles más próximo formando un grupo de élite. En Nemus lo he llamado Familia, que no es más que una traducción directa de los Teulu históricos.
En cierto modo podemos ver a Aurius como una especie de Filipo para su sucesor.


Fratricidio
Seguimos con las motivaciones mundanas. En este caso la ambición, la envidia y el miedo como elementos que terminan desembocando en un conflicto abierto.
Aurius II y Vortus son una imagen distorsionada de Ambrosius Aurelianus y Vortigern. Tal vez esto sea como no decir nada, porque según la fuente su relación será una u otra... o ninguna. En el caso de Atrebatia he querido hacerlos hermanos por el efecto dramático.
Vortus, como todos aquellos no primogénitos en aquellas épocas, no tenía un futuro nada claro, y la idea de casarse con una viuda rica resultaría muy tentadora. Aun así no heredaría el reconocimiento social y el poder político de su hermano, y su resentimiento se enfocaría en un modo de labrar su propio destino de una manera tal vez poco ética.

Siguiendo el principio de que lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada, vemos como Aurius padre renuncia a enfrentarse abiertamente a su hijo y la bola de nieve va creciendo. No me refiero a un "mal" en términos absolutos, pero nuestra propia Historia humana nos muestra como en muchas ocasiones el resto del mundo ha dejado hacer a alguien que la estaba liando en algún lado.
Tras la muerte de Aurius su sucesor fue bastante más pragmático. Posiblemente porque viese que Vortus era un desafío a su propia autoridad y una amenaza muy real de secesión. Y que su esposa fuese una exiliada política también sumaría bastantes puntos a su decisión de llegar a una resolución armada del conflicto.

Aunque he dado algunas pinceladas sobre la batalla no he profundizado demasiado. Me gustaría, y tal vez estos sucesos mereciesen una descripción detalla y épica en algún momento, pero si me meto en ello en estos textos quedarían aun más extensos y de verdad que no quiero abrumaros.
Baste decir que -como ya leísteis- fue algo bastante sucio y poco sofisticado, como acostumbraban a ser las batallas del periodo.
Aquí la sorpresa la dan los catafractos "reinstaurados" por Aurius II.
Con la llegada de la paz vemos como Aurius II profundiza más en la transformación de un gobernador civil a una suerte de caudillo militar que ya iniciara su padre.

Caos y esperanza
Tras la muerte de Aurius II en una campaña de escasa importancia (un destino común en muchos héroes) nos encontramos con el morbo y el cotilleo, ¿es Rigotham hijo de Aurius?
Pues no os voy a dar la respuesta. Dejar este punto abierto a la especulación es mucho más divertido.
El caso es que los rumores maliciosos se transforman en potenciales puñales tras el ¿accidente? que cuesta la vida a su madre.
Aquí entra en escena nuestro Sir Héctor particular, que se hace cargo de Rigotham y acaba dándole su feudo en herencia. Y así nos encontramos con un héroe que tiene que pavimentar su propio camino.

Nos situamos en una actualidad en Nemus donde Rigotham empieza a hacerse un nombre como joven noble con sus campañas en Ludicia, mientras Atrebatia es un mosaico de reinos formando inestables alianzas. Todo ello con el telón de fondo de los Iotingas lanzando incursiones para poner a prueba un fruto que parece listo para ser tomado.

Jugando Atrebatia
Los jugadores de rol tienen en Atrebatia una tierra de aventuras y conspiraciones, gestas y traiciones. Un territorio salpicado de ruinas imperiales y ecos de una época mítica anterior que parece filtrarse por todas partes. El peligro podría aguardar en la corte de un reyezuelo ambicioso o en los bosques primigenios que los lugareños dicen poblados por hadas o por seres aun peores.

El wargamer estará tentado de ponerse en la piel de Rigotham o alguno de sus caballeros. Batallar contra los Iotingas, cruzar los mares y realizar hazañas que le permitan labrarse un nombre que vaya atrayendo más seguidores a su causa. Seguramente ese mentor suyo le esté guiando entre bambalinas para que recupere una serie de objetos por alguna oscura razón. Misiones que le obliguen a recorrer todo Nemus y enfrentarse a toda suerte de enemigos.

sábado, enero 09, 2016

Nemus: Atrebatia II

Aurius II convocó a los reinos vasallos norteños y, poniéndose al frente de sus propias fuerzas del ejército regular del gobernador, se encaminó hacia las tierras bañadas por el Lundum.
Enardecido por las fáciles victorias de sus Iotingas sobre las guarniciones de los reyezuelos de la zona Vortus acampó al norte del gran meandro invitando a su hermano a batallar.
Eran ya los últimos días del verano cuando ambos hermanos se encontraron sobre el campo de batalla. Tras pasar toda su infancia en la corte de Atrebatia Vortus sabía que el ejército del gobernador desplegaría colocando en el centro de sus líneas a la Familia: jóvenes nobles equipados con las mejores armaduras que el Imperio había dejado en el país (además de las voluntariosas reproducciones de los herreros locales). A ambos flancos se colocarían los lanceros de los reinos norteños. Vortus colocó a sus Iotingas en el flanco izquierdo; su plan consistía en desbaratar a los lanceros de las milicias que se les opusieran y rodear a la Familia cayendo sobre su derecha, causándoles grandes estragos en su lado más vulnerable. Mientras sus propias milicias del flanco derecho se opondrían a sus pares, mientras que el centro rehusaría el combate hasta que la Familia estuviese trabada con los Iotingas.


Aquel intempestivo día de Septiembre había estado cuajado de abundantes aguaceros y el cielo permanecía encapotado en ominosa oscuridad. Ante los hombres de Vortus se desplegó el ejército del norte tal como este había predicho, lo que aumento la moral y la confianza entre sus tropas. Las últimas órdenes se impartieron con rapidez exhortando a sus tropas a abatirse sobre la Familia con todo el brío, en la certeza de que Aurius II estaría allí y su muerte o captura supondría que toda Atrebatia se abría ante Vortus.
Como respondiendo a los toques de cuerno que señalaban el inicio del avance los cielos se estremecieron con un bramar de truenos y una densa lluvia se arremolinó sobre el campo de batalla. Con los rostros chorreantes ambas líneas se precipitaron una contra la otra. Pero cuando los Iotingas se aproximaban a los lanceros del flanco derecho norteño estos comenzaron a retroceder. Los marcemanios rugieron y aumentaron el paso, mientras que el centro del ejército de Vortus se había detenido tal como estaba planeado, pero desconcertados ahora ante el devenir de los acontecimientos. El propio Vortus, situado entre ambos puntos se desgañitaba intentando hacerse oír entre la tormenta mientras sus mercenarios se alejaban perdiéndose entre una cortina de agua.
El flanco derecho sureño estaba ya en combate cerrado con sus equivalentes norteños, aunque la situación parecía tan estática como la que mantenían el centro y las tropas de la Familia, que permanecían firmes en sus posiciones.
De pronto todo pareció convertirse en un auténtico caos. Un puñado de Iotingas aparecieron en el campo visual del general. Huían en desorden. Sus escudos abandonados para facilitar la carrera. El pánico reflejado en sus rostros. Y, tras ellos, lo que parecía el tronar de la tormenta, aparecieron caballos. Caballos acorazados a la manera de los últimos días del Imperio. Y jinetes. Jinetes terribles. Cubiertos de metal. Algunos de ellos con espeluznantes máscaras que les cubrían los rostros.
Sobreponiéndose a su propia sorpresa Vortus corrió hacia la zona donde los Iotingas llegaban en desbandada. Gritaba órdenes. Se desgañitaba lanzando insultos. Intentaba futilmente agarrar y retener a los hombres que pasaban más cerca. Y fue uno de estos quien, en su desesperado afán por alejarse de los jinetes hundió en su cuello una larga daga.

Aunque la caída de Vortus supuso el fin definitivo de sus peligrosas aspiraciones, se dice que su hermano nunca se repuso del todo. Su carácter se ensombreció e incluso la relación con su esposa se enfrío hasta hacerse evidente ante todos. Como el soldado que, engullido por las atrocidades de la guerra, se refugia en una acción mecánica como afilar incesantemente su espada, así también Aurius II  volcó todo su tiempo y obsesiva fijación en la reordenación y la mejora de los ejércitos atrabatios. Tal fue su determinación que declaró extinto el título de gobernador y se designó a sí mismo como Señor de Guerreros, la forma política en que, como caudillo militar, ejercería su poder a partir de entonces.
Aunque la fratricida batalla hubiese puesto fin a un siniestro devenir para el destino de Atrebatia, los reinos del sur habían quedado seriamente diezmados y los Iotingas cruzaban con insolencia el Lundum cuando les venía en gana... aunque poco más se encontraran que campos desolados y granjas abandonadas.
Aurius II se demostró a sí mismo que aquellas pesadas bardas y las largas lanzas que había sacado de húmedas armerías y que había ordenado pulir con esfuerzo habían resultado útiles. Así pues continuó dotando a Atrebatia de un ejército digno de su nombre según las costumbres y ordenación del Antiguo Imperio.
Más centrado en los asuntos militares que en la administración de la tierra Aurius II encontró una muerte digna de un guerrero como él durante la campaña contra los orcos que se habían enseñoreado del Bosque Peligroso.

Ilustración de Jon Hodgson
Unos pocos meses después de su fallecimiento Igratia trajo al mundo a un varón al que dio el nombre de Ursus. Las especulaciones le acompañaron desde el primer día, ya que muchos señalaban (incluso públicamente) que la relación entre Aurius e Igratia era poco más que algo nominal durante los últimos años y que aquel niño tenía otro padre. Pronto las teorías más morbosas y escabrosas comenzaron a tomar protagonismo.
El futuro de Ursus se oscureció aun más cuando, contando este con tres años, Igratia sufrió un accidente que le costó la vida. Cuando la guardia fue en busca del niño para entronizarlo como Señor de Guerreros este había desaparecido.
Pero Ursus no había sido asesinado y su cuerpo ocultado, tal como era el pensamiento más extendido. Y es que Tectus, quien fuese portaestandarte de Aurius II, habiendo entendido con prontitud que Igratia debía haber sido asesinada, tomó al niño y marchó a sus tierras.
Durante el caos que siguió al fin de la dinastía que había gobernado Atrebatia desde los días del Antiguo Imperio Tectus llevó a Ursus a sus tierras, lo presentó ante sus nobles como Rigotham, el huérfano de unos parientes lejanos, y lo tomó como mozo de cuadras y, posteriormente, como escudero de su propio hijo. Educándolo tanto en las ciencias como en el oficio de las armas. Él mismo se ocuparía de entrenarlo como un héroe de tiempos pretéritos , mientras que el maestro Eryr se esforzaba en educar al joven en la sabiduría de antaño.
Tras la muerte del hijo de Tectus en una campaña contra los Iotingas este proclamó a Rigotham como su heredero, poniéndolo al mando de sus hombres ahora que sus fuerzas no le permitían continuar guerreando.

Rigotham continuó la campaña que había iniciado el hijo de Tectus y derrotó a los Iotingas en la Batalla de Beadham, causándoles cuantiosas bajas.
Posteriormente respondió a la llamada de auxilio de los habitantes de Ludicia, que padecían bajo la tiranía de Ordolaco, el rey marcemanio que dominaba aquella región.
Sus numerosas batallas a ambos lados del Mar Gris han convertido al Rigotham en una leyenda en vida. Señor ahora del reino de Damania tras la muerte de Tactus, muchos ven en él al Señor de Guerreros que tantos desearían. Tal vez incluso al futuro rey de Atrebatia. Incluso, para algunos ludicios, aquel que podría estar llamado a alzar al Antiguo Imperio. Él, un simple huérfano hecho a sí mismo para sus compatriotas. Y mucho más que eso para el maestro Eryr, guardián del secreto de su origen.

Ahora Atrebatia está en la encrucijada.

miércoles, enero 06, 2016

Nemus: Atrebatia I

*Esto se me ha descontrolado un poco por lo que, para libraros de un descomunal ladrillo, he decido dividir el texto sobre Atrebatia en dos partes, al que se añadirá la tradicional tercera como notas de diseño.*

Atrebatia es una tierra de pastos y colinas, salpicada de bosquecillos, bañada por las aguas del Mar Gris y separada de las tierras de los marcemanios por el río Lundum. Habitadas por los descendientes de una cultura que se extendía hacia el norte hasta la hoy aterradora Tír na Marbh las tierras atrabatias fueron conquistadas para el Antiguo Imperio por el general Tasius. El triunfo de Tasius fue el resultado de una campaña de varias décadas en la que los atrebatios habían luchado una desesperada guerra de guerrillas desde sus fortalezas y las colinas.


A pesar de unas cuantas insurrecciones puntuales Atrabatia sufrió un proceso de asimilación cultural. Las élites locales se vieron seducidas por las oportunidades de negocio que la paz imperial propiciaba y, poco a poco, los ciudadanos más pudientes ansiaban verse como imperiales de pura cepa y se plegaban con entusiasmo a la arquitectura, modas y costumbres llegadas directamente desde Fundatio.
En unas pocas generaciones, esa provincia que tanto había costado conquistar y levantisca como pocas fue transformándose en una de las más fieles del Imperio. Si bien las gentes de las poblaciones más humildes y las colinas más lejanas seguían fieles a su cultura ancestral y a la Vieja Tradición, la aristocracia comercial y urbana fue permeable a toda la influencia imperial, lo que hizo que también Atrebatia sufriese las tribulaciones del conflicto con el Triple Culto.

Durante las crisis económicas y militares del Antiguo Imperio la corte de Fundatio decidió retirar las tropas de la legión que guarnecía Atrebatia. Eso, evidentemente, la exponía a los ataques que pudiera sufrir desde Marcemania, pero el cúmulo de catástrofes hizo que varios oficiales del estado mayor viesen respaldada su postura de que aquellos hombres serían más necesarios en provincias más críticas y -sobre todo- más cercanas a la propia Fundatio.
Afortunadamente para Atrebatia los clanes más belicosos de Marcemania avanzaban ya con denuedo hacia Ludicia y Vataria. Insospechadamente Atrebatia vivió unos decenios de paz mientras el resto del Imperio se convulsionaba.


Esas décadas sirvieron para establecer una nueva configuración política en Atrabatia. El hueco de poder que había dejado el Imperio fue ocupado por familias de acaudalados terratenientes y unos cuantos militares que se habían escabullido con grupos de soldados durante el retiro de la legión y que ahora actuaban como caudillos en algunas fortalezas, estableciendo una suerte de feudos con los villorrios de los alrededores.
Pero como sucediese que el gobernador decidió permanecer en Atrebatia tras el abandono imperial, se aupó con una serie de cargos y prebendas, siendo visto por el resto de la nobleza como una suerte de protector de Atrebatia, aunque su función correspondía más a una especie de símbolo de algo que podríamos llamar "espíritu nacional atrebatio", más que la ostentación de un poder político real.

El peculiar microcosmos de la geografía política atrabatia no tardó en poblarse de rencillas y riñas fronterizas.
El gobernador Aurius había tenido dos hijos. Aurius II, el mayor de ellos, permaneció junto a su padre aprendiendo las artes del oficio de las armas. Vortus, el hermano menor, se casó con una rica hacendada de la rivera del Lundum. Al fallecer su esposa Vortus se encontró con una respetable fortuna, pero escasas tierras y aun más escaso poder político. Vortus comenzó una serie de hostilidades con los reinos atrebatios vecinos, litigando por tierras fronterizas con vagas excusas en torno a su deber de defender a aquellos clientes que tenían disputas abiertas por motivos de lindes. Las disputas rurales fueron subiendo de tono desde los gritos detrás de cercados, a disputas tabernarias que acabaron desembocando en asesinatos y una espiral de venganzas. Fue en este clima de abierta hostilidad cuando un recaudador de tributos de Vortus, así como todos los miembros de su escolta, fueron emboscados, desvalijados y asesinados por un clan dependiente de un señor vecino.
El conflicto estalló abiertamente y las milicias se armaron y se enfrentaron en varias escaramuzas que no podrían recibir el nombre de batallas debido a la escasa preparación y pésimo equipo de los combatientes. Con la situación enconada Vortus decidió invitar a cruzar el Lundum a los Iotingas, un pueblo marcemanio. Valiéndose de sus riquezas Vortus contrató a los Iotingas como mercenarios, apoyándose también en la promesa a largo plazo de la concesión de tierras de los territorios que preveía arrebatar a sus rivales.

A pesar de no ser un pueblo con una experiencia militar tan marcada como los otros pueblos mercemanios que habían guerreado con el Antiguo Imperio, los Iotingas se probaron como efectivos combatientes en las batallas que los enfrentaron a las precarias milicias de los reinos atrabatios sureños y el territorio controlado por Vortus fue aumentando cada vez más.
Durante todos aquellos años de campañas fronterizas muchos nobles y gentes acaudaladas del sur de Atrebatia llegaron buscando protección a la corte de Aurius, al que abrumaban con lamentos y peticiones de ayuda. Aurius solicitó a su hijo menor que detuviese sus agresiones y restituyese a los nobles derrotados sus tierras en virtud a lo redactado en la ley imperial. Vortus respondió con insolencia declarando que en esta nueva era el derecho imperial había perdido todo su valor.
Atribulado por la idea de guerrear contra su propio hijo Aurius permaneció inoperante durante cuatro años hasta que finalmente falleció a consecuencia de unas fiebres. Aurius II ascendió a la gobernatura militar y, tras un ultimátum, declaró la guerra a su hermano. Aurius II se había enamorado perdidamente de Igratia, una princesa de los reinos de sur cuyo padre había sido destronado por Vortus y que llevaba varios años como refugiados en la corte del gobernador.
La timorata y vergonzosa paz que Aurius I había mantendio llegó a su fin con el ascenso de su heredero.

miércoles, diciembre 30, 2015

Escenografía: muro de piedra

Continuando con la escenografía que realicé en verano hoy os traigo más muros. En esta ocasión muros de piedra.
Si los elementos para la anterior pieza de escenografía llevaban años en una caja estos estuvieron allí aun más tiempo. De hecho ni recuerdo cuando se me ocurrió originalmente la idea, pero me animé a retomarla y terminarla.

Sí, más muros. Como decía tenía pocos... así que decidí hacer una buena cantidad por lo que pudiera pasar. Y porque vienen muy bien para juegos de escaramuzas.


Sí, ¡más elementos de escenografía hechos con miga de pan!
Creo que es un material desconocido para nuestros menesteres pero que, por mi experiencia, da unos resultados geniales para piezas de escenografía (incluso para esculpir alguna miniatura).

El proceso no tiene ningún misterio: pasarse la sobremesa haciendo ladrillos de pan. Posteriormente no hay más que pegarlos con cola blanca.


Este es el aspecto de los muros una vez terminados. Cuando la cola está seca solo queda imprimar, pintar las bases, y darle mucho pincel seco a las piedras.
Unos cuantos salpicones de hierva aquí y allá sobre las piedras ayudan a dar un aspecto más realista.


Como veis el resultado una vez en la mesa de juego es estupendo. Un aspecto igual -si no superior- a otros productos comerciales de este tipo; y todo ello con materiales que tenemos por casa.